El mundo asiste a uno de los mayores cambios geopolíticos del siglo XXI. La caída del dictador Nicolás Maduro marca el principio del fin de un régimen sostenido durante años por la represión y el narcotráfico. Un acontecimiento histórico que ha provocado reacciones inmediatas en todo el mundo y que, una vez más, ha dejado al descubierto el naufragio moral, político y estratégico de la Unión Europea.
Rusia y China han reaccionado con
condenas más o menos rotundas a la actuación de Estados Unidos, algo lógico
dadas las relaciones geopolíticas, militares y económicas que ambos países
mantienen con el régimen venezolano.
¿Y la Unión Europea? Para
empezar, resulta tan increíble como revelador que ninguno de sus países,
aliados de Estados Unidos en la OTAN, fuera informado previamente de la operación, y se hayan tenido que enterar por Tik Tok. Eso solo
se explica por la desconfianza actual de los estadounidenses en una Europa
que, sin ir más lejos, llegó a plantear en 2016 nada menos que la designación de Zapatero como enviado especial en Venezuela, con el apoyo del entonces
ministro Margallo, y que solo la oposición de algunos países del este obligó a
rebajar la ocurrencia al rango de una figura oficiosa y sin mandato claro.
Tras la intervención, la reacción
de la Unión Europea se ha plasmado en un comunicado que insta al respeto del
derecho internacional y a la calma, sin respaldo alguno a la acción
estadounidense.
Por su parte, cada líder europeo ha dicho lo que le ha parecido, dejando en evidencia, una vez más, que la política exterior común de la UE es una milonga. Así, mientras Ursula von der Leyen llamaba al respeto del derecho internacional y a una transición pacífica, Pedro Sánchez —probablemente por lo que le va en el envite a su mujer— condenó la intervención como una violación del derecho internacional y Emmanuel Macron evitó cualquier condena directa, quedándose en tierra de nadie.
El problema de fondo es que la
Unión Europea se ha convertido en un gallinero incapaz de adoptar una postura
firme sobre nada, porque nadie sabe cuáles son sus objetivos. Como dice el
viejo aforismo, ningún camino es bueno para quien no sabe a dónde va.
El panorama se vuelve aún más
desolador al contemplar el estado del gallinero, por el que ya no se puede
caminar sin pisar excrementos. Ahí está el lobby chino de Huawei, con
eurodiputados —incluido nuestro González Pons— bajo sospecha de sobornos e influencias
indebidas. También el lobby gasista ruso, que hasta hace muy poco operaba con
total normalidad en Bruselas, pagando a unos y a otros, con el escándalo
añadido de familiares de políticos europeos implicados en estructuras
empresariales vinculadas a Gazprom. Desde Oriente Medio llegó el Qatargate, con
sobornos millonarios, bolsas de dinero en efectivo y la vicepresidenta del
Parlamento Europeo implicada. Al otro lado del Estrecho, la injerencia marroquí
ha influido en resoluciones sobre derechos humanos y en la situación del Sáhara
Occidental.
Y, por supuesto, la reina del
gallinero: Ursula von der Leyen, investigada por sus vínculos con Pfizer y los
turbocontratos de emergencia, firmados al margen de los procedimientos
ordinarios, por volúmenes suficientes para vacunar diez veces a la población
europea.
La mayoría de estos casos han
terminado archivados, no por inexistencia de irregularidades, sino porque los
líderes europeos tienen la fortuna de que la UCO no tiene competencias en
Bruselas y pueden dar carpetazo a las investigaciones.
Ante este panorama, hablar de una
acción exterior comunitaria resulta absurdo, porque dentro de la UE ya nadie
sabe quién está sobornado por quién, ni los intereses de qué país o potencia
—propios o ajenos— defiende cada uno.
Por eso, cada vez resulta más
necesario poner fin a la deriva de la Unión Europea y proponer alternativas
soberanistas que limiten el poder de unas instituciones alejadas del control
democrático, devuelvan competencias a los Estados y recuperen los principios
inspiradores de Europa, basados en la tradición grecorromana y cristiana, en lugar del globalismo woke.
Sin una limpieza profunda del
gallinero, Europa seguirá cacareando sin rumbo, incapaz de influir en el
exterior salvo para entonar los consabidos “deeply concerned” cuando algo
ocurre en el mundo, y cada vez más desconectada —si no abiertamente enfrentada—
de sus ciudadanos.
Discrepo, a pesar de todo la UE sigue siendo válida, hay que ir a más integración y dejarnos de localismos estúpidos que no conducen a nada. La UE algunas veces está alejada de la realidad (Tratado con Mercosur) y los burócratas no se dan cuenta de la situación real del ciudadano de a pie
ResponderEliminarTodo el derecho a discrepar, pero no das ningún argumento.
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