martes, 6 de enero de 2026

Del narcorégimen venezolano, los yanquis y el gallinero europeo.

 


El mundo asiste a uno de los mayores cambios geopolíticos del siglo XXI. La caída del dictador Nicolás Maduro marca el principio del fin de un régimen sostenido durante años por la represión y el narcotráfico. Un acontecimiento histórico que ha provocado reacciones inmediatas en todo el mundo y que, una vez más, ha dejado al descubierto el naufragio moral, político y estratégico de la Unión Europea.

Rusia y China han reaccionado con condenas más o menos rotundas a la actuación de Estados Unidos, algo lógico dadas las relaciones geopolíticas, militares y económicas que ambos países mantienen con el régimen venezolano.

¿Y la Unión Europea? Para empezar, resulta tan increíble como revelador que ninguno de sus países, aliados de Estados Unidos en la OTAN, fuera informado previamente de la operación, y se hayan tenido que enterar por Tik Tok. Eso solo se explica por la desconfianza actual de los estadounidenses en una Europa que, sin ir más lejos, llegó a plantear en 2016 nada menos que la designación de Zapatero como enviado especial en Venezuela, con el apoyo del entonces ministro Margallo, y que solo la oposición de algunos países del este obligó a rebajar la ocurrencia al rango de una figura oficiosa y sin mandato claro.

Tras la intervención, la reacción de la Unión Europea se ha plasmado en un comunicado que insta al respeto del derecho internacional y a la calma, sin respaldo alguno a la acción estadounidense.

Por su parte, cada líder europeo ha dicho lo que le ha parecido, dejando en evidencia, una vez más, que la política exterior común de la UE es una milonga. Así, mientras Ursula von der Leyen llamaba al respeto del derecho internacional y a una transición pacífica, Pedro Sánchez —probablemente por lo que le va en el envite a su mujer— condenó la intervención como una violación del derecho internacional y Emmanuel Macron evitó cualquier condena directa, quedándose en tierra de nadie.

El problema de fondo es que la Unión Europea se ha convertido en un gallinero incapaz de adoptar una postura firme sobre nada, porque nadie sabe cuáles son sus objetivos. Como dice el viejo aforismo, ningún camino es bueno para quien no sabe a dónde va.

El panorama se vuelve aún más desolador al contemplar el estado del gallinero, por el que ya no se puede caminar sin pisar excrementos. Ahí está el lobby chino de Huawei, con eurodiputados —incluido nuestro González Pons— bajo sospecha de sobornos e influencias indebidas. También el lobby gasista ruso, que hasta hace muy poco operaba con total normalidad en Bruselas, pagando a unos y a otros, con el escándalo añadido de familiares de políticos europeos implicados en estructuras empresariales vinculadas a Gazprom. Desde Oriente Medio llegó el Qatargate, con sobornos millonarios, bolsas de dinero en efectivo y la vicepresidenta del Parlamento Europeo implicada. Al otro lado del Estrecho, la injerencia marroquí ha influido en resoluciones sobre derechos humanos y en la situación del Sáhara Occidental.

Y, por supuesto, la reina del gallinero: Ursula von der Leyen, investigada por sus vínculos con Pfizer y los turbocontratos de emergencia, firmados al margen de los procedimientos ordinarios, por volúmenes suficientes para vacunar diez veces a la población europea.

La mayoría de estos casos han terminado archivados, no por inexistencia de irregularidades, sino porque los líderes europeos tienen la fortuna de que la UCO no tiene competencias en Bruselas y pueden dar carpetazo a las investigaciones.

Ante este panorama, hablar de una acción exterior comunitaria resulta absurdo, porque dentro de la UE ya nadie sabe quién está sobornado por quién, ni los intereses de qué país o potencia —propios o ajenos— defiende cada uno.

Por eso, cada vez resulta más necesario poner fin a la deriva de la Unión Europea y proponer alternativas soberanistas que limiten el poder de unas instituciones alejadas del control democrático, devuelvan competencias a los Estados y recuperen los principios inspiradores de Europa, basados en la tradición grecorromana y cristiana, en lugar del globalismo woke.

Sin una limpieza profunda del gallinero, Europa seguirá cacareando sin rumbo, incapaz de influir en el exterior salvo para entonar los consabidos “deeply concerned” cuando algo ocurre en el mundo, y cada vez más desconectada —si no abiertamente enfrentada— de sus ciudadanos.



2 comentarios:

  1. Discrepo, a pesar de todo la UE sigue siendo válida, hay que ir a más integración y dejarnos de localismos estúpidos que no conducen a nada. La UE algunas veces está alejada de la realidad (Tratado con Mercosur) y los burócratas no se dan cuenta de la situación real del ciudadano de a pie

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  2. Todo el derecho a discrepar, pero no das ningún argumento.

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