viernes, 14 de marzo de 2014

Morir por Crimea?



 
En los prolegómenos a la II Guerra Mundial, las democracias contemplaban impasibles el avance belicista del Tercer Reich, sin poner los medios para impedirlo. Como escribió aquél periodista francés, reflejando el sentir de una sociedad poco dispuesta a sacrificios: “Morir por Dantizg?” Y así, la dictadura de los camisas pardas se impuso en la crisis de los Sudetes, resuelta en falso por  Chamberlain en la conferencia de Munich. Aquella ignominia valió a los negociadores con los nazis la frase de Churchill “Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra… elegisteis el deshonor y tendréis la guerra”. No se equivocó.
Los tiempos han cambiado y el siglo en que vivimos no es un tiempo para guerras. Aunque seguramente tampoco es tiempo de honor, concepto trasnochado, sustituido por otros más contemporáneos y asimilables como la tolerancia, la solidaridad y similares que, al final, se reflejan en celebrar cada día una causa y en llenar de lazos de colores nuestras solapas y muros de facebook. Son causas que, cuando se enfrentan a la realidad, en la mayoría de los casos sucumben ante el hedonismo y la pereza.
Rusia es una potencia de otro tiempo. No llevan lazos de colorines, pero sus ciudadanos son capaces de combatir y arriesgar la vida por lo que consideran importante, aunque sea una bandera o causa equivocada o injusta. Von Clausewitz decía que las guerras se terminan cuando una de las partes comprueba que, poner fin a ella, es menos costoso que continuarla. Por eso, no nos enfrentamos en igualdad de condiciones.
Occidente no emprenderá nunca una nueva Guerra de Crimea. Ni siquiera impondrá sanciones económicas a Rusia pues, en la balanza de costes, la soberanía de Ucrania o los principios del Derecho internacional nos importan bastante menos que el riesgo, no ya de una guerra, sino de que una crisis energética pueda poner en riesgo nuestro bienestar. El anacrónico Putin lo tiene muy claro y por eso llevará hasta el final su envite.
“Morir por Crimea?” La respuesta occidental  es muy clara: “por supuesto que no”. Y es posible que, efectivamente, Crimea no merezca morir por ella, ni poner en peligro nuestro nivel de vida. No son tiempos para lanzar a la brigada ligera contra los cañones rusos. Pero tal vez, en el fondo, debemos hacérnoslo mirar. Porque una sociedad que no está dispuesta a arriesgar, no ya su vida, sino siquiera medio punto del PIB por ninguna causa, a lo peor resulta que ya está muerta, como esos árboles secos que tienen vacío el interior.
Al menos, los jinetes británicos, que acompañaron a Lord Cardigan en aquella estúpida cabalgada hacia la muerte, conquistaron la inmortalidad.

“Honor the charge they made,
 Honor the Light Brigade,
 Noble six hundred!”

lunes, 3 de marzo de 2014

Las pelotas de goma, las “concertinas” y la capa de San Martín.


 

Los sucesos de la verja de Melilla han reabierto el debate sobre la inmigración. La cifra de inmigrantes fallecidos no puede dejar indiferente a nadie y así, al hilo de la desgracia de esta pobre gente, que busca desesperadamente huir de la miseria, cuando no de la persecución, se han alzado las voces, solidarias? de políticos y periodistas varios. Y, en su crítica, no han dudado en disparar contra todo lo que se mueve, empezando por una Guardia Civil que, defendiendo nuestras fronteras, solo cumple órdenes, y que ha dado muestras reiteradas de solidaridad con los ocupantes de las pateras.

Pero la nota común a las opiniones que se vierten en los diversos foros es la hipocresía, cuando no la cobardía, de quienes se arrogan el título de solidarios, sin pensar en realizar por un momento una reflexión coherente y honrada sobre el problema. Porque lo que está en cuestión no son las famosas concertinas o las pelotas de goma. Eso son anécdotas, utilizadas en muchos casos de forma miserable, hasta el punto de ser criticadas, en el colmo de la desvergüenza, por la oposición socialista, que fue quien las instauró cuando estaba en el gobierno. O por esa nórdica comisaria europea, juzgando los toros desde una barrera situada a miles de kilómetros de distancia. Por no hablar de periodistas como la presentadora estrella que, al sentirse pillada en un renuncio, se atrevió a mentir de la forma más impúdica, afirmando que acoge personalmente a inmigrantes en su casa.
 

La verdadera cuestión es que, para millones de subsaharianos, Europa es un paraíso, por comparación con el infierno en el que habitan, y están dispuestos a arriesgar sus vidas, y las de quien trate de impedir su propósito, con tal de llegar a él. Y que los europeos no podemos limitarnos a debatir sobre concertinas o muros sino sobre una cosa mucho más importante: dejamos entrar a todos los inmigrantes que quieran venir o mantenemos los límites actuales? Porque límites y barreras van indefectiblemente unidos.
 

De la respuesta que demos depende nuestro modo de vida, pues el problema no estriba en tener a los inmigrantes a este lado de la verja, sino en partir nuestra capa con ellos, igual que hizo San Martín con el pobre. Y partir la capa no es hacinarlos en guettos, como ciudadanos de tercera, privados de las mínimas condiciones de vida dignas según los estándares europeos. Se trata de integrarlos, proporcionándoles trabajo, sanidad y educación. Y así, deberemos preguntarnos si estamos dispuestos a ceder nuestro puesto en la lista de espera para una operación quirúrgica a un camerunés. O si queremos que las clases de nuestros hijos pasen de tener 25 o 30 alumnos a 40, 10 de ellos con necesidades especiales. O si estamos por la labor de repartir nuestro subsidio de desempleo con un senegalés. O si permitiremos que un guineano sea llamado a un puesto de trabajo antes que nosotros. Sin olvidar que, al jubilarnos, deberemos compartir nuestras pensiones con todos ellos.
 

Si estamos dispuestos a eso, propongámoslo abiertamente y aceptémoslos con verdadera solidaridad. En caso contrario, lo mejor que podemos hacer es agachar la cabeza y guardar silencio. Porque cuando escucho las voces compasivas de políticos, famosos  y periodistas, que viven en barrios  donde los únicos inmigrantes que entran lo hacen por la puerta de servicio para desempeñar tareas domésticas, no puedo evitar una mueca de asco ante tanta hipocresía. Si elegimos envolvernos en nuestra capa, tengamos la decencia al menos de no burlarnos de los pobres criticando las pelotas de goma, que no son otra cosa que el cordón para afianzarla sobre nuestros hombros.
 

 

viernes, 31 de enero de 2014

El misterio de la economía sumergida.



 
La  estimación, por el Sindicato de Técnicos de Hacienda (Gestha), de las cifras de economía sumergida en España, ha hecho saltar las alarmas y la sorpresa. Alarma por el volumen de negocio no  declarado que, al margen de la exactitud de una cifra que mide precisamente lo que se le ha escapado a dichos técnicos, asciende nada menos que al 25% del PIB. Sorpresa  al comparar las cifras de economía sumergida de la comunidad más rica, Madrid, con un 17% y de la más pobre, Extremadura, que casi la duplica con un 31%.
Las explicaciones barajadas por dicho sindicato son la corrupción, el desempleo por la caída de la construcción, los altos impuestos y la falta de transparencia pública. En cuanto a las diferencias entre comunidades, hablan de la concentración en Madrid de las grandes fortunas y empresas del IBEX, que disfrutan de exenciones fiscales y tributan en la capital, mientras producen y defraudan en las restantes regiones.
Vayamos por partes. Es evidente que los altos impuestos son la causa principal de la economía sumergida. Como bien se dice, “no habría paraísos fiscales si no existieran los infiernos fiscales”. Y España, por obra y desgracia de Montoro, es el primer infierno fiscal de Europa. En cuanto a las restantes causas que se aducen habría mucho que discutir pues, a fuerza de ser políticamente correctas, rayan en el disparate.
Decir que es desempleo produce economía sumergida es una tontería solemne. Cómo la inactividad va a producir economía sumergida? Quien no hace nada, no produce economía de ningún tipo. “Pero es que muchos desempleados trabajan en negro”, alegarán algunos. Cierto, pero entonces no es el desempleo la causa, sino las subvenciones a los falsos desempleados, que trabajan en B para no perderlas.
En cuanto a las exenciones de las grandes empresas, resulta increible que un técnico de Hacienda confunda tributación a tipos reducidos o beneficios fiscales con economía sumergida, que es aquella que no tributa a ningún tipo porque no se declara. Pero mucho más lo es no caer en la cuenta de que las grandes empresas no son los grandes defraudadores, entre otras cosas debido a que, precisamente por sus beneficios fiscales, no necesitan defraudar. Alguien conoce a un solo cliente de Telefónica, Endesa o Iberdrola que pague en negro la luz o el teléfono? Acaso en la cola de Zara, DIA o El Corte Inglés ofrecen al comprador no cobrar el IVA si se compra sin ticket? Existe algún empleado de Mercadona o Ferrovial en España que cobre en negro? Ni siquiera hace falta salir del estudio de Gestha para darse cuenta de la falacia, pues en Extremadura no operan las grandes empresas del IBEX, sino funcionarios, pymes y desempleados.
Por eso, mejor dejarnos de tonterías e ir a la verdadera clave del fraude, que no es otra que defrauda a Hacienda quien no tiene nada que perder al defraudar. Y el autónomo o PYME, frito a impuestos y cotizaciones aunque pierda dinero (es atroz que se retenga el 21% de sus ingresos a quien empieza una actividad aunque tenga pérdidas) no tienen nada que perder defraudando. Porque, si pagaran la totalidad de tributos y cotizaciones que les exigen quienes no tienen ni idea de lo que es emprender, aunque se les llene la boca con esa palabra, cerrarían antes de empezar a ganar un euro. Tampoco el desempleado del andamio, que cobra indefinidamente una prestación por desempleo, va a renunciar a hacer chapuzas en B si darse de alta supone dejar de percibirla y pagar cuotas de autónomo, a las que no puede hacer frente.
Así, resulta una paradoja que el mismo poder que penaliza el trabajo legal y subvenciona la economía sumergida, se sorprenda de que ésta exista. “Falta conciencia ciudadana”, dicen sesudos catedráticos y  políticos con labia. Son los mismos que, con cargo a nuestros impuestos, no renuncian a sueldazos ni coches oficiales, a enchufar a familiares y amigos, y a corromper los contratos públicos, una fuente innegable de economía sumergida.
A muchos no les gustará esta explicación, pues es más fácil echarle la culpa del fraude a los ricos que al gobierno y los modestos. Pero es la única explicación posible a que Extremadura tenga el doble de economía sumergida que Madrid.
Ante esto hay dos alternativas. La primera es disminuir la presión sobre PYMES y autónomos, y restringir las prestaciones a quienes no producen, pero eliminando las cargas que impiden su incorporación a la economía legal. Al mismo tiempo, dar ejemplo de moralidad, evitando el despilfarro y persiguiendo de verdad la corrupción. De esta forma se conseguirá que aflore el dinero de quienes defraudan porque no tienen otra alternativa. La segunda es seguir estrujando e intimidando a quienes están al borde de la asfixia, para sostener un estado elefantiásico, mientras se reparten migajas, en forma de subsidios y subvenciones, para comprar votos y perpetuarse en el poder.
Mucho me temo que la ceguera de nuestros políticos les hará seguir la segunda opción. Pero se equivocan al pensar que así acabarán con el fraude. Pues, como sabe cualquier estratega mediocre, cuando al “enemigo” no se le da ninguna opción, solo cabe esperar una defensa a muerte. Y, la defensa de quien no puede mantener a su familia si paga unos impuestos abusivos e injustos, no es otra que sumergirse y dejar de pagarlos.

domingo, 19 de enero de 2014

Los "nuevos pobres" españoles.




Yo de sociología no entiendo ni palote, pero cada vez llego más a la conclusión de que los españoles seguimos siendo, como diría Reverte, una raza de majas y chisperos, que funciona con las tripas y deja la cabeza para los demás. Es cierto que, a base de tripas y pelotas, se han conseguido cosas que, de otra forma, seguirían esperando. Porque si Hernán Cortés o Pizarro hubieran pensado un poco en dónde se iban a meter, hubieran vuelto al pueblo a jugar al tute subastado, en lugar de juntarse con dos amigos, un caballo y un mastín para ir a imponerles su santa voluntad a 30 o 40 millones de indígenas. Pero tampoco está de más pensar un poco las cosas, y no liarse a navajazos con los franceses sin contar, aunque sea a ojo, cuántos somos unos y otros.
Pero eso del término medio y la virtud nunca se nos ha dado bien, y seguimos igual. Así, los años de vacas gordas nos dieron mentalidad de nuevos ricos. Si los de Villarriba gastaban 20 millones de euros para que Calatrava les hiciera un puente de metacrilato que cruzara el arroyo, los de Villabajo se pulían 30 en que Moneo les construyera un museo en honor a la gallina pinta. Por no hablar del paisanaje patrio en Nueva York, arrasando las tiendas de ropa pija al grito de “give me two”. O comprando Porsches Cayennes  como si fueran chocolatinas, que teníamos a los teutones de Stuttgart sin resuello, apretando tuercas para cubrir la demanda. Y no nos hemos bajado de la burra hasta que el banco se ha llevado el televisor de plasma, comprado a cuenta de la hipoteca.
En cambio, ahora que empezamos a remontar el bache, resulta que somos unos menesterosos y no se puede cambiar el adoquinado de un bulevar ni pintar una fachada sin que se produzca un motín, porque “hay muchas necesidades”. Cualquiera que oiga a los tertulianos televisivos, que no ven más allá del plató, diría que legiones famélicas vagan por las calles españolas como en “Walking Dead”, en busca de un filete que llevarse al diente.
Pues ni tanto ni tan calvo. No se trata de ser insensibles a necesidades reales de la población, que las hay. Pero ponerse ahora en el papel de los negritos del África Tropical resulta indecente. Usando la cabeza y Google, podemos hacer el simple ejercicio de comparar la renta “per capita” de nuestra nación con la del resto del mundo, para ver que tenemos la misma que los israelíes, que no van por ahí presumiendo de pobres. O si no, preguntar un poco, para llevarte sorpresas como la de aquella limpiadora que hacía horas con el fin de pagarle al niño la depilación laser, porque “si se depilaba con maquinilla le salía el pelo más fuerte” (el pobre). Por no hablar de los 52 millones de móviles, de los cuales casi dos tercios smartphones, como el Iphone o el Samsung Galaxy, para una población de 48 millones de habitantes.
Yo soy poco partidario de las comparaciones, pues creo que la felicidad se consigue estando más pendiente de lo tuyo y menos de lo que gastan o dejan de gastar los demás. Así, es mejor que empecemos a usar bien la cabeza y dejemos de pensar con mentalidad de pobres sin serlo, porque la miseria espiritual genera miseria material, y el camino hacia la prosperidad empieza por pensar en grande.

martes, 31 de diciembre de 2013

“2013: El año que lloramos peligrosamente”.



Dejamos atrás el 2013, unánimemente calificado como un año duro. Pero, aparte de ese calificativo, podemos ponerle algunos más. Para los economistas es el año en que acabó la recesión. Los políticos dirán, unos que es el año del cambio de ciclo, y otros que el de los recortes. Para los españoles de a pie es el año de las subidas de impuestos, de la luz, de todo. Para mí, ha sido “el año que lloramos peligrosamente”, al menos en Internet. Porque es curiosa la percepción de la ciudadanía sobre un año en que las cosas no han ido tan mal… comparado con 2012. Cierto que llovía sobre mojado, y ya es mucho tiempo de crisis. Pero no lo es menos que el 2012 nos regaló 700.000 parados más, mientras el 2013 se saldará en tablas y con avances enormemente esperanzadores.
Con todo, el movimiento de indignación, desaparecido de las calles porque nadie les hacía caso, parece haberse trasladado a las redes sociales, donde prolifera un ambiente quejoso y victimista que invita a apagar Facebook, como hace dos años muchos dejamos de oír las noticias y nos pasamos a Rock FM o Cadena 100.  Y así, 2013 ha sido el año de los nostálgicos de los tiempos en que casi todo era mentira, hundidos en una melancolía aderezada por quejas contra todo y todos, y por la ausencia total de autocrítica.
En suma ha sido un año en el que ha prevalecido la voz de los llorones. Y no me refiero a aquellos a los que se les ha caído su mundo y no saben cómo recomponer los trozos. Hablo de los que hacen bueno el dicho de que “la rueda averiada del carro es la que más chirría”, que no son únicamente los políticos y sindicalistas predicadores del Apocalipsis desde el parapeto de sus sueldos, comisiones y corruptelas.
Hablo de los que claman porque los subsidios sean eternos, y consideran vejatorio pedir a un parado que se presente a una inspección de rutina. De los que pretenden reunir 1.000.000 de firmas para que el Parlamento Europeo reconozca el derecho de todos a cobrar un sueldo sin dar nada a cambio (coño, en lo que ha quedado el derecho al trabajo de la Declaración Universal). De aquellos que justifican que se tire la toalla en la búsqueda de trabajo, como si esa fuera una opción válida. De los que califican como explotación la posibilidad de que los desempleados realicen trabajos sociales, escupiendo así en la cara de quienes trabajan a tiempo parcial por salarios inferiores a la prestación de desempleo. De quienes rechazan un empleo tras otro porque no se ajustan a su valía. De los que defienden el derecho a no pagar la vivienda ni la luz, olvidando que es algo que han hecho generaciones de españoles con muchos menos recursos de los que tenemos ahora. Hablo, en fin, de la multitud de caraduras que han pasado la crisis agazapados, y se han convertido en auténticos expertos en la Play Station o la X-Box. De los que se subieron al carro y no hicieron nada por tirar de él, mientras despotricaban del sistema. En definitiva, de los gorrones a los que nadie denuncia, porque no es políticamente correcto, pero de los que todos conocemos un buen puñado de ejemplos.
También ha sido un año de héroes. Héroes como esos arquitectos que se han reinventado, tragándose su orgullo profesional, en hosteleros o administrativos, convirtiéndose en personas de las que sus hijos pueden estar más orgullosos aún. Como esos que cobraban un pastizal poniendo ladrillos y han vuelto a estudiar, para reciclarse en trabajos que le reportarán la tercera parte de lo que ganaban en los andamios. Como los que han hecho la maleta para tratar de encontrar fuera de España lo que no encontraron dentro. Como quienes han comprado una furgoneta (las ventas de vehículos industriales se han disparado el último trimestre) para buscarse la vida como autónomos. Como los funcionarios y empleados que han seguido cumpliendo sus tareas con la misma abnegación de antes, a pesar de sufrir la merma de sus ingresos paralela al aumento de todo. Hablo de los héroes que se están saliendo con la suya, porque entre todos están consiguiendo darle la vuelta a la tortilla, eso sí, de forma silenciosa porque no tienen tiempo para andar quejándose.
Espero que éste sea el año en que se quiten los miedos y se acallen las quejas. Porque nadie está obligado a mirar el mundo con optimismo, pero a todos se les puede pedir que dejen trabajar a los que intentan cambiarlo. Y desde luego, que sea el año en que mandemos al cuerno, sin contemplaciones, a los que se duelen mientras acumulan horas de vuelo en las consolas de videojuegos.
El año 2014 es una página en blanco y lo que se escriba en ella solo depende de nosotros. A ver si conseguimos que sus renglones se llenen de los logros de quienes madrugan cada mañana para defender su trabajo o buscar uno nuevo, y no de las quejas de quienes se ponen al ordenador en pijama, para quejarse de lo injustamente que les está tratando la vida un año más. Decía un directivo que a la oficina se llega de casa “llorado y peinado”. Sigamos la máxima y abordemos el 2014 llorados y peinados. Porque tiene muchas cosas pendientes de hacer y muchos éxitos pendientes de alcanzar, y no hay tiempo para perderlo en tonterías. Yo espero que este Nuevo Año sea el año en que los españoles recuperemos la ilusión colectiva.
FELIZ 2014 A TODOS!!!

martes, 19 de noviembre de 2013

La caída del Imperio Amarillo.




Hace más de dos años decíamos en este blog que China estaba más cerca de la decadencia que del auge, en medio de la incredulidad general. Siempre se ha tendido a ignorar la principal causa de las espectaculares tasas de crecimiento del gigante amarillo, que no es otra que la facilidad de ascender, a poco que uno lo intente, cuando el punto de partida es muy bajo. Pero las ascensiones espectaculares tienden a ser desequilibradas, de modo que, al que se encuentra de repente en medio de la montaña, casi siempre le falta fuelle para llegar a la cima.
Hoy empieza a tomar cuerpo la creencia, avanzada por los analistas a quienes los árboles no les impidieron ver el bosque, de que China va a ser protagonista de una caída sonada y de consecuencias imprevisibles. Una buena muestra es el anuncio, por la Tercera Sesión Plenaria del XVIII Comité Central del Partido Comunista Chino, de la creación de una “nueva estructura de reforma y apertura al exterior”. Porque cuando un régimen tan inmovilista como para tener comités con ese nombre, anuncia cambios imprevistos, no suele ser por afán innovador, sino porque tiene problemas mucho más serios de los que nos quiere hacer creer.
Y eso ha dado pábulo nuevamente a que los catastrofistas (especie que se multiplica como la mala hierba) consideren que la caída del Imperio Chino nos arrastrará a todos. Pues yo no creo que el hipotético hundimiento de ese gigante con pies de barro nos vaya a llevar al abismo. Y mi opinión no es fruto de un optimismo irreflexivo, sino del convencimiento de que la macroeconomía es un reflejo bastante fiel de la microeconomía.
Y, dado que la balanza de pagos de China tiene superávit, debemos considerarla  como un proveedor. Pues bien, con alguna excepción debida a la falta de reflejos, los negocios no se arruinan por la caída de sus proveedores, sino por la de sus clientes. Porque sustituir a un proveedor es fácil, y basta con seguir la máxima “a rey muerto, rey puesto”. Así, China necesita a Occidente mucho más desesperadamente de lo que Occidente necesita a China, y si es incapaz de satisfacer nuestra demanda en algún aspecto, no faltará quien la supla.
Pero es que China, además, nos financia, objetarán algunos. Y es cierto en  buena medida, pero nadie dice que deba dejar de hacerlo, porque no es previsible que sus problemas le hagan deshacer sus posiciones inversoras en las economías de Occidente. Eso sucedió en la crisis de 1929, cuando la caída de la bolsa y la economía estadounidenses provocaron una repatriación de capitales que, a su vez, arrastró a las europeas, financiada por aquellos. Pero a comienzos del siglo pasado no existía la globalización y los capitales tenían patria. Hoy día la deslocalización es la norma, y no parece una decisión muy acertada, para quien tiene sus fondos sólidamente invertidos en el extranjero, desinvertirlos para emplearlos en una economía con problemas, aunque sea la propia.
Por eso, creo que el cielo amarillo no se va a desplomar sobre nuestras cabezas mañana y, si lo hace, seguramente no será tan grave. Eso no quiere decir que una brusca recesión en China no pueda provocar convulsiones temporales en Occidente, en forma de titulares catastrofistas y movimientos bursátiles. Pero seguramente los efectos serán más ruidosos que trascendentales, y el tsunami se quedará en marejada. Así que continuemos la tarea de arreglar nuestros problemas, en lugar de otear el horizonte en busca de nuevos nubarrones.

domingo, 3 de noviembre de 2013

“Yes, we scan!” (Sí, escaneamos!)



Nadie duda ya de que las agencias de seguridad americanas practicaban el espionaje masivo e indiscriminado a ciudadanos y políticos de países enemigos y aliados. Todavía no está muy claro quiénes eran los espías, pues parece que la NSA operaba en comandita con los principales servicios secretos europeos. En cambio, si están bastante identificadas sus víctimas, que venían a ser todos aquellos cuyas conversaciones pudieran tener trascendencia, desde Merkel y los restantes líderes europeos, a cualquiera que pasara por allí.
Lo más curioso es la forma en que los gobiernos y, especialmente, los ciudadanos de los países occidentales, han acogido la noticia. Y así, nos encontramos con la tibieza tanto de la progresía de doble moral, que consiente a Obama lo que jamás le consentiría a un presidente como Bush o Nixon (crucificado por muchísimo menos) como la opinión pública de derechas, que tolera que USA, como gendarme de Occidente, pisotee impunemente los derechos y libertades que se pretenden salvaguardar, en un intento de cuadratura del círculo o, directamente, en un ejercicio de estupidez.
Tal vez no deberíamos olvidar que, la intrusión en sistemas informáticos y la violación del secreto de las comunicaciones, constituyen graves delitos en nuestro ordenamiento jurídico y en los del resto de los países civilizados, incluyendo Europa y, por supuesto, USA.  Y no es por casualidad, sino porque suponen una violación del derecho fundamental al honor, intimidad personal y familiar y propia imagen, que exige que esas conductas se hagan de acuerdo a la ley y con control de los poderes legítimos, incluido el judicial.
Cierto que el valor de la intimidad ha caído en desuso por una sociedad aborregada a la que le encanta exhibir sus miserias en público, mientras es capaz de darlo todo por la pasta. Pero no deberíamos olvidar que cuando uno se entromete, impune e indiscriminadamente, en los secretos de los demás, no suele reducir su interés a los que afectan a intenciones delictivas, sino también a otros, como los económicos o los de alcoba.
Por eso, no debemos confiar en que la NSA utilice como parámetros de búsqueda exclusivamente “Al Qaeda”, “bomba” o “atentado”, como piensan algunos ingenuos. Es posible que, dado el derroche de medios disponibles, también se introduzcan otros como, por ejemplo, “contrato para el metro de Riad”, “plan estratégico de Telefónica” o “nuevo modelo Toyota”, que pueden proporcionar datos mucho más beneficiosos para los políticos y la economía estadounidenses.
Por ello resulta de una frivolidad intolerable la frase de nuestro ministro de interior diciendo que “los servicios secretos están para espiar pero deben hacerlo en secreto”, dando carta de naturaleza a la delincuencia estatal aunque condicionada, eso sí, a que se haga por delincuentes eficaces. A mí me parece que los servicios secretos están para espiar lo que deben espiar, es decir las amenazas contra la seguridad y los derechos de los ciudadanos, dentro de la legalidad y sin que les pillen.
Por eso, aconsejaría al ministro, y a todos aquellos que desde una y otra ideología justifican o toleran el espionaje masivo y sin control, que releyeran la constitución española, que proclama efectivamente el principio de eficacia de los poderes públicos pero, por encima de ese, el principio de legalidad de la actuación administrativa. Y que tengan en cuenta que, cuando se pone de manifiesto la chapuza de unos servicios secretos que vulneran la legalidad y, además, lo hacen mal, lo que procede es despedir a los incompetentes y juzgar a los delincuentes.

martes, 22 de octubre de 2013

El agua de la comunidad.


 


Hace unos meses, un administrador de fincas me contaba que el Canal de Isabel ll había girado una inspección a una comunidad que administraba, convencido de que los vecinos robaban el agua. El organismo encargado de la gestión fundaba sus sospechas en la desmesurada disminución del consumo de un trimestre a otro. El entuerto quedó aclarado cuando el administrador explicó que, simplemente, habían cambiado el contador general por contadores individuales para cada vecino, que desde ese momento empezaron a ahorrar agua en sus casas. La explicación convenció plenamente a los gestores, que no hicieron más preguntas.
La anécdota me ha venido a la memoria por un par de noticias que he leído en prensa últimamente. La primera es una encuesta según la cual más del 60% de los españoles son partidarios de aumentar el gasto en educación y sanidad, eso sí, sin copago. Y la segunda, hace pocos días, donde señalaban que casi el 45% del sueldo de los trabajadores va al Estado, ya sea vía impuestos, ya sea vía cotizaciones. Curiosamente, nadie parece plantearse si un mayor gasto en educación es necesario, habida cuenta que gastamos por encima de la media de la OCDE, aunque estamos a la cola en resultados. Tampoco en sanidad, donde tenemos un sistema de primer nivel con un copago muy inferior al de, por ejemplo, los países nórdicos, mucho más ricos.
Pero aquí nos dan igual las cifras, porque el español medio tiene un sentido de la solidaridad muy peculiar, consistente en que todo es poco si la pólvora con la que se dispara es ajena. Los gobernantes conocen bien esto, y lo aprovechan mediante un mecanismo de ilusión fiscal, tan burdo pero eficaz, como son las retenciones, que hacen creer al trabajador que la remuneración de su trabajo es el sueldo neto que llega a sus manos. Y así, pedimos que el grifo se abra más y más, sin darnos cuenta que ese despilfarro lo vamos a pagar, aunque sea con el contador general.
Va siendo hora de que nos planteemos que la solidaridad no consiste solo en pedir que los demás paguen impuestos, sino en consumir de los recursos comunes estrictamente lo que necesitamos. Porque no creo que sea muy solidario exigir, por ejemplo, que se mantenga un carísimo servicio permanente de urgencias nocturno en pequeñas poblaciones donde se produce una urgencia cada mes y medio. “Es que todos tienen derecho”, me replicarán algunos. A lo mejor habría que explicárselo a los habitantes de zonas del planeta donde un hospital miserable atiende a miles de habitantes, dispersos en cientos de kilómetros.
Tal vez el siglo XXI deba servir para que, de una vez, pongamos coto al despilfarro al que hemos asistido, casi siempre bajo la bandera del Estado del Bienestar. Y pensemos en cerrar un poco el grifo del agua. Aunque solo sea por poner en práctica esa expresión tan de moda como es "conseguir un mundo sostenible".

martes, 24 de septiembre de 2013

Crisis, what crisis?





Hace un año por estas fechas escribía que habíamos tocado fondo y solo quedaba ir hacia arriba. Ahora, aunque no faltan los apóstoles del catastrofismo, hasta el PIB dice que lo peor ha pasado y el comienzo de la recuperación es un hecho.
Lo curioso es que, cinco años después, no hay acuerdo sobre las causas del terremoto que se ha llevado por delante tantas cosas, buenas y malas. Está muy extendida la idea de culpar del desastre a los bancos, junto a los especuladores financieros e inmobiliarios. El neoliberalismo y la falta de regulación les han permitido acabar con el Estado del Bienestar a base de recortes.
Pero la realidad es bien tozuda y se empeña en desmentir estos tópicos. Porque los bancos que hemos tenido que salvar no han sido los privados, sino las cajas públicas manejadas por políticos, desde Cajamadrid o Caixa Catalunya, hasta las gallegas  y andaluzas. Todas fueron intervenidas y rescatadas a nuestra costa mientras sus dirigentes se cubrían el riñón. En cuanto a la desregulación, ningún sector más regulado que el inmobiliario, con sus normas y planes urbanísticos, o el financiero, lleno de órganos supervisores, desde el Banco de España hasta la  CNMV. Y estos sectores son los que han creado la burbuja. Además, el supuesto neoliberalismo no casa con un Estado que, aun hoy, supone el 50% del PIB y sigue gastando más de lo que ingresa, absorbiendo la financiación que necesitan las empresas.
Lo cierto es que la crisis ha venido de una serie encadenada de burbujas: financiera, crediticia y de consumo. Sin olvidar la inmensa burbuja de gasto público, plasmada en las obras faraónicas e inútiles que pueblan nuestra geografía, desde los aeropuertos fantasmas de Ciudad Real o Castellón, a las ciudades de las artes, la música, las ciencias o el circo, que debía edificar todo ayuntamiento que se preciara. Y aunque resulte cómodo buscar un chivo expiatorio, es difícil pensar que, en esta sucesión de burbujas, 45 millones de españoles hemos sido víctimas inocentes de unos cuantos especuladores. Más aún cuando muchos de ellos también se han arruinado.
Las burbujas se deben al triunfo de la codicia o la vanidad sobre la prudencia. Por ello tal vez sea el momento de dejar de buscar cabezas de turco, y reconocer que hemos sufrido una crisis de valores que nos ha afectado a todos. Una crisis fruto de la sustitución de la cultura del esfuerzo por la del “pelotazo”, de la prudencia por la vanidad, del ahorro por el derroche. Y de la pérdida de interés por las cosas que tienen verdadera importancia. En suma, una crisis causada por la sustitución del “ser” por el “tener” y “aparentar”.
Todos somos los responsables de nuestras decisiones y, en gran medida, de nuestra situación.  Pero, sobre todo, somos los arquitectos de nuestro futuro. Así que, una vez esto empieza a moverse, se acabaron las excusas para permanecer de brazos cruzados y lamentarnos. Hay un reto apasionante por delante, y para afrontarlo será necesario rearmarse de valor y de valores. Y tratar de recordar nuestros errores para evitar repetirlos.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Smart Cities: esa incógnita sin despejar.



El concepto de Smart City se está convirtiendo en moneda común de foros y medios de comunicación. A pesar de seguirlo con interés, me sorprende la vaguedad con que es definido por sus promotores. Hablan de ciudades integradas, inteligentes, sostenibles y una serie de conceptos indeterminados, sin precisar el término con claridad. A mí, en tanto se desarrolla definitivamente, se me ocurren algunos peros.
En primer lugar que la idea, bajo las vestiduras de la modernidad, es casi tan antigua como el mundo. Tomás Moro diseñó, hace 500 años, la ciudad de Utopía y sus casas sostenibles, con una puerta a la calle y otra al huerto, donde los ciudadanos participaban en el gobierno mediante los sigrofantes (representantes de las familias) ahora sustituidos por apps para los smartphones. Por no hablar, ya en el siglo XX, de las urbes ideadas por los regímenes comunistas, con sus amplias avenidas desembocando en una gran plaza donde radicaban las sedes gubernativas, a las que fueron desplazadas masivamente poblaciones que vivían en preciosos pueblos tradicionales, como sucedió en la Rumanía de Ceaucescu.
Pero sobre todo me preocupa que, bajo el disfraz de la tecnología y el fomento de la participación ciudadana, se diseñe una ciudad en la que se generan flujos de información canalizados de forma desigual. Y así surja una metrópolis teledirigida desde arriba, un macroexperimento de ingeniería social similar a los que realizaron los países totalitarios, sustituyendo, como diseñador, al antiguo burócrata del régimen por un consultor. Efectivamente, hace poco un “experto en city marketing” decía en un artículo que “nuestras ciudades necesitan ser rediseñadas y los profesionales de la ciudad tienen muy claro cuáles son las líneas maestras de este trabajo.” Sorprendentemente, el experto no se planteaba en ningún momento preguntar a los ciudadanos, que son quienes pagan y han de vivir en ellas, si están de acuerdo con esas líneas maestras, para lo cual no estaría de más explicar claramente en qué consisten.
A la espera de ver algún prototipo de Smart City plenamente realizado, reconozco que me produce cierta aprehensión ese concepto de ciudad futurista, inteligente, domótica y, en suma, despersonalizada. El alma de las ciudades nunca ha estado en sus ladrillos y, mucho menos, en los sistemas de calefacción o la regulación de los semáforos. Roma es maravillosa con su caótica circulación, y la vida nocturna de Berlín o de Río de Janeiro nada tiene que ver con el diseño de los arquitectos. El alma reside en sus bares, horarios, comidas, conciertos o espectáculos callejeros, en suma, en lo que sus habitantes libremente deciden que sea su ciudad.
Pero me temo que los poderes públicos acojan la idea de ciudades inteligentes con entusiasmo, si la inteligencia  la controlan ellos y les permite aumentar su intromisión en la esfera de la ciudadanía, en mayor medida aún de lo que ya lo hacen. Aunque no estaría yo seguro de que los ciudadanos cambien la libertad para elegir su forma de vida por la “libertad” de opinar a través de un Smartphone.
Pienso que es fundamental conjugar la aspiración legítima a una ciudad más sostenible con el respeto a la libre elección por los ciudadanos de su arquetipo de núcleo urbano, incluso permaneciendo al margen del nuevo modelo tecnológico. De lo contrario, se puede generar un rechazo que haga pasar de moda las Smart Cities antes de que consigamos entender bien en qué consisten. No olvidemos que Utopía nunca llegó a convertirse en realidad porque los contemporáneos de Tomás Moro no compartieron su visión.