domingo, 26 de abril de 2026

La prioridad nacional y las prioridades particulares.

 




El concepto de prioridad nacional está levantando ríos de tinta y ampollas, lo que suele ser señal inequívoca de que se ha rozado una verdad incómoda.

Conviene empezar aclarando que dicho principio, así en abstracto, no solo no es inconstitucional, sino que está consagrado (aunque sin mencionarlo expresamente) en nuestro texto constitucional. La Constitución española no pretende en ningún momento igualar a los nacionales con los extranjeros, como no lo hace ninguna constitución en el mundo.

Así, en el capítulo “De los españoles y los extranjeros”, diferencia claramente entre unos y otros: los primeros gozan en plenitud de las libertades reconocidas, mientras que los segundos lo hacen “en los términos que establezcan los tratados y las leyes”. Quedan, además, excluidos del derecho de voto en elecciones generales o autonómicas.

A partir de ahí, la pregunta es sencilla: ¿debe un país garantizar por ley los mismos derechos a quienes no son nacionales? ¿O resulta que el principio de prioridad nacional, vigente en todos los ordenamientos hasta antes de ayer, tiene algún sentido?

Hasta hace nada, todos asumíamos que para entrar en un país ajeno hacía falta un permiso, otorgado por diversas razones: turismo, trabajo, matrimonio o cuestiones familiares. Nadie se planteaba el derecho a cruzar irregularmente una frontera para, a renglón seguido, exigir prestaciones públicas como quien reclama el postre tras acabar su filete.

Porque la identidad y la esencia de un país son producto de una historia y unas vivencias comunes que no se pueden arrojar alegremente a la basura. Ni diluir en un globalismo camuflado de buenismo que sostiene ahora que las fronteras no existen.

Claro que, si uno rasca un poco, descubre que aquí cada cual tiene sus prioridades. Y ninguna pasa, curiosamente, por el interés de los que siempre pagan el pato.

La izquierda, que no consigue que los nacionales le voten, ha priorizado sustituirlos por extranjeros, más propensos a mantenerlos en el poder. Y no es la única, porque la emperatriz de Chamberí quiere perpetuarse en el poder apoyada en un par de millones de agradecidos inmigrantes, a los que considera “tan españoles como Abascal”, sin detenerse a evaluar su impacto real en transportes, servicios sociales o viviendas.

La gran patronal y las empresas del IBEX priorizan la mano de obra barata y les parecen estupendas las regularizaciones exprés, porque impulsan los costes salariales a la baja.

Las ONG priorizan un negocio millonario y fuera de control, donde se desvían millonadas de dinero público (entre 4.000 y 6.000 euros al mes nos cuesta un MENA) en contratos de urgencia.

Hasta los obispos priorizan, señalando con su dedo anillado a los díscolos, el negocio de la inmigración ilegal, frente a causas más prosaicas y menos prioritarias, como el aborto o la eutanasia.

Todos están en contra de cualquier intento de priorizar el acceso a la vivienda de los jóvenes españoles, superados por unos precios disparados ante el repentino exceso de demanda. O la atención sanitaria de quienes sufren las listas de espera de un sistema no pensado para la invasión migratoria. O la tranquilidad de quienes residían en barrios donde los vecinos vivían en paz, y ahora ven como algo normal la existencia de bandas juveniles que dirimen sus rencillas a machetazos o protagonizan, con una frecuencia alarmante, violaciones grupales.

La prioridad nacional no va a ser la panacea que resuelva los innumerables problemas que padecemos. Pero que nadie dude de que, si no se aborda con rigor el problema de la inmigración, y se repatria a delincuentes, irregulares y aprovechados, los restantes problemas van a parecer menores en comparación con lo que se nos avecina.

Y para ver el futuro, no hace falta una bola de cristal: basta con mirar a Francia, Gran Bretaña, Alemania o, más cerca, Cataluña y País Vasco.

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