martes, 19 de noviembre de 2013

La caída del Imperio Amarillo.




Hace más de dos años decíamos en este blog que China estaba más cerca de la decadencia que del auge, en medio de la incredulidad general. Siempre se ha tendido a ignorar la principal causa de las espectaculares tasas de crecimiento del gigante amarillo, que no es otra que la facilidad de ascender, a poco que uno lo intente, cuando el punto de partida es muy bajo. Pero las ascensiones espectaculares tienden a ser desequilibradas, de modo que, al que se encuentra de repente en medio de la montaña, casi siempre le falta fuelle para llegar a la cima.
Hoy empieza a tomar cuerpo la creencia, avanzada por los analistas a quienes los árboles no les impidieron ver el bosque, de que China va a ser protagonista de una caída sonada y de consecuencias imprevisibles. Una buena muestra es el anuncio, por la Tercera Sesión Plenaria del XVIII Comité Central del Partido Comunista Chino, de la creación de una “nueva estructura de reforma y apertura al exterior”. Porque cuando un régimen tan inmovilista como para tener comités con ese nombre, anuncia cambios imprevistos, no suele ser por afán innovador, sino porque tiene problemas mucho más serios de los que nos quiere hacer creer.
Y eso ha dado pábulo nuevamente a que los catastrofistas (especie que se multiplica como la mala hierba) consideren que la caída del Imperio Chino nos arrastrará a todos. Pues yo no creo que el hipotético hundimiento de ese gigante con pies de barro nos vaya a llevar al abismo. Y mi opinión no es fruto de un optimismo irreflexivo, sino del convencimiento de que la macroeconomía es un reflejo bastante fiel de la microeconomía.
Y, dado que la balanza de pagos de China tiene superávit, debemos considerarla  como un proveedor. Pues bien, con alguna excepción debida a la falta de reflejos, los negocios no se arruinan por la caída de sus proveedores, sino por la de sus clientes. Porque sustituir a un proveedor es fácil, y basta con seguir la máxima “a rey muerto, rey puesto”. Así, China necesita a Occidente mucho más desesperadamente de lo que Occidente necesita a China, y si es incapaz de satisfacer nuestra demanda en algún aspecto, no faltará quien la supla.
Pero es que China, además, nos financia, objetarán algunos. Y es cierto en  buena medida, pero nadie dice que deba dejar de hacerlo, porque no es previsible que sus problemas le hagan deshacer sus posiciones inversoras en las economías de Occidente. Eso sucedió en la crisis de 1929, cuando la caída de la bolsa y la economía estadounidenses provocaron una repatriación de capitales que, a su vez, arrastró a las europeas, financiada por aquellos. Pero a comienzos del siglo pasado no existía la globalización y los capitales tenían patria. Hoy día la deslocalización es la norma, y no parece una decisión muy acertada, para quien tiene sus fondos sólidamente invertidos en el extranjero, desinvertirlos para emplearlos en una economía con problemas, aunque sea la propia.
Por eso, creo que el cielo amarillo no se va a desplomar sobre nuestras cabezas mañana y, si lo hace, seguramente no será tan grave. Eso no quiere decir que una brusca recesión en China no pueda provocar convulsiones temporales en Occidente, en forma de titulares catastrofistas y movimientos bursátiles. Pero seguramente los efectos serán más ruidosos que trascendentales, y el tsunami se quedará en marejada. Así que continuemos la tarea de arreglar nuestros problemas, en lugar de otear el horizonte en busca de nuevos nubarrones.

domingo, 3 de noviembre de 2013

“Yes, we scan!” (Sí, escaneamos!)



Nadie duda ya de que las agencias de seguridad americanas practicaban el espionaje masivo e indiscriminado a ciudadanos y políticos de países enemigos y aliados. Todavía no está muy claro quiénes eran los espías, pues parece que la NSA operaba en comandita con los principales servicios secretos europeos. En cambio, si están bastante identificadas sus víctimas, que venían a ser todos aquellos cuyas conversaciones pudieran tener trascendencia, desde Merkel y los restantes líderes europeos, a cualquiera que pasara por allí.
Lo más curioso es la forma en que los gobiernos y, especialmente, los ciudadanos de los países occidentales, han acogido la noticia. Y así, nos encontramos con la tibieza tanto de la progresía de doble moral, que consiente a Obama lo que jamás le consentiría a un presidente como Bush o Nixon (crucificado por muchísimo menos) como la opinión pública de derechas, que tolera que USA, como gendarme de Occidente, pisotee impunemente los derechos y libertades que se pretenden salvaguardar, en un intento de cuadratura del círculo o, directamente, en un ejercicio de estupidez.
Tal vez no deberíamos olvidar que, la intrusión en sistemas informáticos y la violación del secreto de las comunicaciones, constituyen graves delitos en nuestro ordenamiento jurídico y en los del resto de los países civilizados, incluyendo Europa y, por supuesto, USA.  Y no es por casualidad, sino porque suponen una violación del derecho fundamental al honor, intimidad personal y familiar y propia imagen, que exige que esas conductas se hagan de acuerdo a la ley y con control de los poderes legítimos, incluido el judicial.
Cierto que el valor de la intimidad ha caído en desuso por una sociedad aborregada a la que le encanta exhibir sus miserias en público, mientras es capaz de darlo todo por la pasta. Pero no deberíamos olvidar que cuando uno se entromete, impune e indiscriminadamente, en los secretos de los demás, no suele reducir su interés a los que afectan a intenciones delictivas, sino también a otros, como los económicos o los de alcoba.
Por eso, no debemos confiar en que la NSA utilice como parámetros de búsqueda exclusivamente “Al Qaeda”, “bomba” o “atentado”, como piensan algunos ingenuos. Es posible que, dado el derroche de medios disponibles, también se introduzcan otros como, por ejemplo, “contrato para el metro de Riad”, “plan estratégico de Telefónica” o “nuevo modelo Toyota”, que pueden proporcionar datos mucho más beneficiosos para los políticos y la economía estadounidenses.
Por ello resulta de una frivolidad intolerable la frase de nuestro ministro de interior diciendo que “los servicios secretos están para espiar pero deben hacerlo en secreto”, dando carta de naturaleza a la delincuencia estatal aunque condicionada, eso sí, a que se haga por delincuentes eficaces. A mí me parece que los servicios secretos están para espiar lo que deben espiar, es decir las amenazas contra la seguridad y los derechos de los ciudadanos, dentro de la legalidad y sin que les pillen.
Por eso, aconsejaría al ministro, y a todos aquellos que desde una y otra ideología justifican o toleran el espionaje masivo y sin control, que releyeran la constitución española, que proclama efectivamente el principio de eficacia de los poderes públicos pero, por encima de ese, el principio de legalidad de la actuación administrativa. Y que tengan en cuenta que, cuando se pone de manifiesto la chapuza de unos servicios secretos que vulneran la legalidad y, además, lo hacen mal, lo que procede es despedir a los incompetentes y juzgar a los delincuentes.

martes, 22 de octubre de 2013

El agua de la comunidad.


 


Hace unos meses, un administrador de fincas me contaba que el Canal de Isabel ll había girado una inspección a una comunidad que administraba, convencido de que los vecinos robaban el agua. El organismo encargado de la gestión fundaba sus sospechas en la desmesurada disminución del consumo de un trimestre a otro. El entuerto quedó aclarado cuando el administrador explicó que, simplemente, habían cambiado el contador general por contadores individuales para cada vecino, que desde ese momento empezaron a ahorrar agua en sus casas. La explicación convenció plenamente a los gestores, que no hicieron más preguntas.
La anécdota me ha venido a la memoria por un par de noticias que he leído en prensa últimamente. La primera es una encuesta según la cual más del 60% de los españoles son partidarios de aumentar el gasto en educación y sanidad, eso sí, sin copago. Y la segunda, hace pocos días, donde señalaban que casi el 45% del sueldo de los trabajadores va al Estado, ya sea vía impuestos, ya sea vía cotizaciones. Curiosamente, nadie parece plantearse si un mayor gasto en educación es necesario, habida cuenta que gastamos por encima de la media de la OCDE, aunque estamos a la cola en resultados. Tampoco en sanidad, donde tenemos un sistema de primer nivel con un copago muy inferior al de, por ejemplo, los países nórdicos, mucho más ricos.
Pero aquí nos dan igual las cifras, porque el español medio tiene un sentido de la solidaridad muy peculiar, consistente en que todo es poco si la pólvora con la que se dispara es ajena. Los gobernantes conocen bien esto, y lo aprovechan mediante un mecanismo de ilusión fiscal, tan burdo pero eficaz, como son las retenciones, que hacen creer al trabajador que la remuneración de su trabajo es el sueldo neto que llega a sus manos. Y así, pedimos que el grifo se abra más y más, sin darnos cuenta que ese despilfarro lo vamos a pagar, aunque sea con el contador general.
Va siendo hora de que nos planteemos que la solidaridad no consiste solo en pedir que los demás paguen impuestos, sino en consumir de los recursos comunes estrictamente lo que necesitamos. Porque no creo que sea muy solidario exigir, por ejemplo, que se mantenga un carísimo servicio permanente de urgencias nocturno en pequeñas poblaciones donde se produce una urgencia cada mes y medio. “Es que todos tienen derecho”, me replicarán algunos. A lo mejor habría que explicárselo a los habitantes de zonas del planeta donde un hospital miserable atiende a miles de habitantes, dispersos en cientos de kilómetros.
Tal vez el siglo XXI deba servir para que, de una vez, pongamos coto al despilfarro al que hemos asistido, casi siempre bajo la bandera del Estado del Bienestar. Y pensemos en cerrar un poco el grifo del agua. Aunque solo sea por poner en práctica esa expresión tan de moda como es "conseguir un mundo sostenible".

martes, 24 de septiembre de 2013

Crisis, what crisis?





Hace un año por estas fechas escribía que habíamos tocado fondo y solo quedaba ir hacia arriba. Ahora, aunque no faltan los apóstoles del catastrofismo, hasta el PIB dice que lo peor ha pasado y el comienzo de la recuperación es un hecho.
Lo curioso es que, cinco años después, no hay acuerdo sobre las causas del terremoto que se ha llevado por delante tantas cosas, buenas y malas. Está muy extendida la idea de culpar del desastre a los bancos, junto a los especuladores financieros e inmobiliarios. El neoliberalismo y la falta de regulación les han permitido acabar con el Estado del Bienestar a base de recortes.
Pero la realidad es bien tozuda y se empeña en desmentir estos tópicos. Porque los bancos que hemos tenido que salvar no han sido los privados, sino las cajas públicas manejadas por políticos, desde Cajamadrid o Caixa Catalunya, hasta las gallegas  y andaluzas. Todas fueron intervenidas y rescatadas a nuestra costa mientras sus dirigentes se cubrían el riñón. En cuanto a la desregulación, ningún sector más regulado que el inmobiliario, con sus normas y planes urbanísticos, o el financiero, lleno de órganos supervisores, desde el Banco de España hasta la  CNMV. Y estos sectores son los que han creado la burbuja. Además, el supuesto neoliberalismo no casa con un Estado que, aun hoy, supone el 50% del PIB y sigue gastando más de lo que ingresa, absorbiendo la financiación que necesitan las empresas.
Lo cierto es que la crisis ha venido de una serie encadenada de burbujas: financiera, crediticia y de consumo. Sin olvidar la inmensa burbuja de gasto público, plasmada en las obras faraónicas e inútiles que pueblan nuestra geografía, desde los aeropuertos fantasmas de Ciudad Real o Castellón, a las ciudades de las artes, la música, las ciencias o el circo, que debía edificar todo ayuntamiento que se preciara. Y aunque resulte cómodo buscar un chivo expiatorio, es difícil pensar que, en esta sucesión de burbujas, 45 millones de españoles hemos sido víctimas inocentes de unos cuantos especuladores. Más aún cuando muchos de ellos también se han arruinado.
Las burbujas se deben al triunfo de la codicia o la vanidad sobre la prudencia. Por ello tal vez sea el momento de dejar de buscar cabezas de turco, y reconocer que hemos sufrido una crisis de valores que nos ha afectado a todos. Una crisis fruto de la sustitución de la cultura del esfuerzo por la del “pelotazo”, de la prudencia por la vanidad, del ahorro por el derroche. Y de la pérdida de interés por las cosas que tienen verdadera importancia. En suma, una crisis causada por la sustitución del “ser” por el “tener” y “aparentar”.
Todos somos los responsables de nuestras decisiones y, en gran medida, de nuestra situación.  Pero, sobre todo, somos los arquitectos de nuestro futuro. Así que, una vez esto empieza a moverse, se acabaron las excusas para permanecer de brazos cruzados y lamentarnos. Hay un reto apasionante por delante, y para afrontarlo será necesario rearmarse de valor y de valores. Y tratar de recordar nuestros errores para evitar repetirlos.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Smart Cities: esa incógnita sin despejar.



El concepto de Smart City se está convirtiendo en moneda común de foros y medios de comunicación. A pesar de seguirlo con interés, me sorprende la vaguedad con que es definido por sus promotores. Hablan de ciudades integradas, inteligentes, sostenibles y una serie de conceptos indeterminados, sin precisar el término con claridad. A mí, en tanto se desarrolla definitivamente, se me ocurren algunos peros.
En primer lugar que la idea, bajo las vestiduras de la modernidad, es casi tan antigua como el mundo. Tomás Moro diseñó, hace 500 años, la ciudad de Utopía y sus casas sostenibles, con una puerta a la calle y otra al huerto, donde los ciudadanos participaban en el gobierno mediante los sigrofantes (representantes de las familias) ahora sustituidos por apps para los smartphones. Por no hablar, ya en el siglo XX, de las urbes ideadas por los regímenes comunistas, con sus amplias avenidas desembocando en una gran plaza donde radicaban las sedes gubernativas, a las que fueron desplazadas masivamente poblaciones que vivían en preciosos pueblos tradicionales, como sucedió en la Rumanía de Ceaucescu.
Pero sobre todo me preocupa que, bajo el disfraz de la tecnología y el fomento de la participación ciudadana, se diseñe una ciudad en la que se generan flujos de información canalizados de forma desigual. Y así surja una metrópolis teledirigida desde arriba, un macroexperimento de ingeniería social similar a los que realizaron los países totalitarios, sustituyendo, como diseñador, al antiguo burócrata del régimen por un consultor. Efectivamente, hace poco un “experto en city marketing” decía en un artículo que “nuestras ciudades necesitan ser rediseñadas y los profesionales de la ciudad tienen muy claro cuáles son las líneas maestras de este trabajo.” Sorprendentemente, el experto no se planteaba en ningún momento preguntar a los ciudadanos, que son quienes pagan y han de vivir en ellas, si están de acuerdo con esas líneas maestras, para lo cual no estaría de más explicar claramente en qué consisten.
A la espera de ver algún prototipo de Smart City plenamente realizado, reconozco que me produce cierta aprehensión ese concepto de ciudad futurista, inteligente, domótica y, en suma, despersonalizada. El alma de las ciudades nunca ha estado en sus ladrillos y, mucho menos, en los sistemas de calefacción o la regulación de los semáforos. Roma es maravillosa con su caótica circulación, y la vida nocturna de Berlín o de Río de Janeiro nada tiene que ver con el diseño de los arquitectos. El alma reside en sus bares, horarios, comidas, conciertos o espectáculos callejeros, en suma, en lo que sus habitantes libremente deciden que sea su ciudad.
Pero me temo que los poderes públicos acojan la idea de ciudades inteligentes con entusiasmo, si la inteligencia  la controlan ellos y les permite aumentar su intromisión en la esfera de la ciudadanía, en mayor medida aún de lo que ya lo hacen. Aunque no estaría yo seguro de que los ciudadanos cambien la libertad para elegir su forma de vida por la “libertad” de opinar a través de un Smartphone.
Pienso que es fundamental conjugar la aspiración legítima a una ciudad más sostenible con el respeto a la libre elección por los ciudadanos de su arquetipo de núcleo urbano, incluso permaneciendo al margen del nuevo modelo tecnológico. De lo contrario, se puede generar un rechazo que haga pasar de moda las Smart Cities antes de que consigamos entender bien en qué consisten. No olvidemos que Utopía nunca llegó a convertirse en realidad porque los contemporáneos de Tomás Moro no compartieron su visión.

domingo, 28 de julio de 2013

Nuestro tren.



Con el Renacimiento, el hombre se convierte en la medida de todas las cosas. Frente a la ignorancia del mundo medieval, se abre una nueva era en que la Naturaleza podía ser comprendida y, por añadidura, sometida. Mas, a pesar del afán del ser humano por manejar su destino, periódicamente una catástrofe viene a dejar patente su insignificancia, como siglos antes en Babel, donde el Dios del Antiguo Testamento se valió de la confusión para demostrar a los hombres sus limitaciones.
La tragedia en Compostela nos ha recordado eso que el orgullo trata de ocultarnos: que toda nuestra vida es una carrera por una vía cuya estación término, cualquiera que sea la duración del viaje, es la muerte. Este accidente desgraciado ha provocado el desconcierto en los españoles, que tratan de volver a la certidumbre encontrando una causa o un culpable que les restituya la tranquilidad y el control. Vano intento de exorcizar nuestros miedos!
En estos tiempos de soberbia desmedida, muchos ilusos se permiten pronunciar la estúpida frase “lo quiero todo y lo quiero ya”. Y por querer, algunos hasta quieren la fuente de la eterna juventud, pretendiendo perpetuar su belleza (original o impostada) e incluso su existencia (patéticas las ilusiones sobre clones y órganos de repuesto) a través de los avances científicos. Pero la vida viene a ponerlo todo en su sitio, a veces de forma tan amarga como un accidente ferroviario.
No pretendamos convertirnos en dioses porque nunca seremos por completo dueños de nuestro destino. Las cosas pasan y muchas veces no necesitan una explicación: un despiste, un error, la fatalidad, hacen que la rueda de la fortuna gire y pasemos del cielo al abismo sin que medie causa justificada. Obviando a los pobres miserables que buscan  sacar tajada de la desdicha y el dolor de otros, y que solo merecen profundo desprecio, es  inútil el esfuerzo de quienes, aun de buena fe, intentan racionalizarlo todo y buscar un chivo expiatorio, sea maquinista o político. Al final se trata de conseguir un imposible: elevarse por encima de la incertidumbre.
Porque ningún mecanismo de frenada, automatismo ni inversión conseguirá evitar que, cada día que salimos de casa, pueda ser el último. Cuando por fin aprendamos eso, quizá, al tomar conciencia de nuestra pequeñez, nos sea más fácil despojarnos de nuestros miedos y afrontar la vida con mayor entrega y  generosidad. Paradójicamente, eso nos hará grandes.
Descansen en paz las víctimas de Santiago. Su viaje ha terminado y esperamos que estén en una vida mejor. Ojalá su trágico fin nos sirva para aprender algo y humillar nuestra soberbia. Tal vez la lección nos ayude a los demás hacer el resto de nuestro recorrido de forma más digna para que, cuando lleguemos a la estación final, hayamos merecido el recuerdo de los que se quedan y el eterno descanso. Será el mejor homenaje que podremos rendirles.

jueves, 18 de julio de 2013

De hijos de puta (nuestros y suyos)





Cuando parece que la cosa económica se va calmando (guste o no, hemos tocado fondo y solo queda ir hacia arriba) prensa y políticos han decidido tener al país otro verano en ascuas. Parece que el PP, como el resto de partidos y los sindicatos, se ha financiado ilegalmente. Eso no lo dicen los papeles de Bárcenas y El Mundo, sino los 42 millones en Suiza que las empresas entregaron a Luis Bárcenas no por atención a él, sino por su condición de tesorero del PP y se supone que a cambio de algo (favores, influencias…)
A mí, tras ver los papeles del Mundo me sorprenden tres cosas. La primera el silencio culpable del PP, que callando otorga. No consigo explicarme si su “líder” es un necio o el pánico por lo que pueda salir les paraliza. Aunque si todo las pruebas que tiene Bárcenas son su palabra, los cuatro papeles que ha escrito y un excel en un pendrive, solo tienen que temerse a sí mismos. Pero la ceguera de Mariano es infinita, hasta el punto de hacerle pensar que un bombazo de éste calibre puede desactivarse sentándose al lado de la espoleta. La única solución posible cuando saltó el escándalo era coger el toro por los cuernos, expulsar a Bárcenas y querellarse contra él. No lo hizo y eso le ha convertido en rehén de ese aprendiz de Capone.
La segunda es el cinismo de los políticos españoles. Y no me refiero a los de PP solamente, sino a todos los que se hacen cruces hablando del mayor escándalo de la democracia. Acaso hemos olvidado cómo nos tragamos el sapo de Felipe González, autorizando el secuestro y asesinato de etarras (y algún civil que pasaba por allí) mientras la cúpula del Ministerio de Interior saqueaba los fondos reservados. Por no hablar de CIU o de IU, gobernando en comandita con los de los ERE´s falsos.
Y la tercera es la falta de rigor de la prensa española. Es pasmoso que El Mundo denomine “documentos de pago” a unos garabatos escritos por Bárcenas en una cuartilla, con cifras expresadas en euros antes de que éste entrara en vigor, o que aporte un recibí supuestamente firmado nada menos que en 1992. Eso lo único que demuestra es que no ha encajado que su petición de ayudas públicas para enjugar la catástrofe financiera del periódico cayera en saco roto. Al final los mensajeros no dejan de ser otros corruptos más, cuya ética periodística está al lado del dinero.
Así nos encontramos con un triste panorama: políticos corruptos y prensa corrupta, por no hablar de una monarquía, unos sindicatos y un poder judicial corruptos. Y lo que es peor, con una ciudadanía que consiente esto y que solo protesta cuando le va mal, lo que demuestra que, si en España no hay más corruptos, no es por abundancia de ética sino por falta de oportunidades. Espectacular la desfachatez de la izquierda callejera, gritando contra la misma corrupción que ha tapado celosamente mientras gobernaban los suyos.
Roosevelt se refería a Somoza diciendo: “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. El problema es que en este país todos defienden a sus hijos de puta y así nos va. Los monárquicos justifican las indecencias del Rey, mientras los de izquierdas niegan los EREs. Los populares dicen que lo de Bárcenas no va con ellos, en tanto los sindicalistas piden decencia sentados sobre una contabilidad llena de comilonas y falsedades. Los independentistas se atreven a poner condiciones soberanistas para apoyar una moción de censura, cuando les explota la instrucción del expolio del Palau. Por si fuéramos pocos, tenemos hasta movimientos ciudadanos de apoyo a jueces condenados por prevaricación, lo que es para nota.
Yo, visto lo visto, he perdido la esperanza de una regeneración y creo que la única forma de controlar la corrupción es reducir la burocracia y el gasto que la alimenta. Porque cuantas menos posibilidades tenga el poder para meterse en nuestras vidas, menor será el número de hijos de puta de todo tipo que podrán lucrarse a nuestra costa. Pero primero deberíamos empezar mirando dentro de nosotros y comprobar si no estamos en la categoría de los hijos de puta.

domingo, 30 de junio de 2013

See you in September!




Después de un año duro pero gratificante, nos tomamos unas vacaciones blogueras hasta septiembre. Las otras tendrán que esperar todavía.  Salvo que nuestros inestimables políticos y personajes públicos perpetren alguna patochada digna de un post especial, os libraréis de mí por una temporada. Gracias a todos los que seguís este blog y… see you in september.
 “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.” -Miguel de Cervantes-


 

Libertad, libertad, sin ira.



En estos tiempos somos testigos indiferentes de sucesos que, no hace tantos años, nos llenarían de indignación o, al menos, de perplejidad. Desde el asalto de Hacienda a un restaurante en pleno horario de comedor para precintar la bodega, a la imposición de una multa de 300 euros a un niño de 6 años por saltarse un stop en bicicleta. O, como me contaban hace pocos días, el interrogatorio de la policía local a un joven de 17 años, denunciado por un camarero tras darle un sorbo a un vaso de sangría.
Y así, nos parece normal la injerencia absoluta del Estado en nuestras vidas, con burócratas, recaudadores o policías entrando hasta la cocina en parcelas donde nunca pintaron nada. Sorprende el abuso, cada vez mayor, de los entes públicos en el uso de sus potestades, con una absoluta relajación en el respeto a  las garantías de los derechos ciudadanos. No hay más que ver cualquier expediente sancionador actual, dictados masivamente y sin tener en cuenta hechos o circunstancias. Quizá la razón esté en que el Estado no ha hecho sino ocupar el terreno que le ha cedido una ciudadanía blanda que, a cambio, lo espera todo de él, desde un empleo fijo a una entrada de cine.
Algunos alegarán que frente al poder se alzan movimientos de rebeldía que manifiestan la indignación del pueblo, pero ese conato de rebelión es mentira. Los que salen a la calle no luchan por los derechos fundamentales... la vida, la libertad, la justicia, sino por unos pretendidos derechos económicos de todo tipo (desde la renta mínima sin trabajar, a una casa gratis o la cultura subvencionada) que al final no suponen sino la renuncia a decidir nuestro propio destino, para ponerlo en manos de quienes nos gobiernan. No se oponen al poder sino que piden que les cuide mejor o, directamente, formar parte de él.
Pues no nos engañemos, porque ese estado invasor y amoral no busca nuestro beneficio si no es como medio para conseguir el suyo propio. Y así, se permite aplicar la ley a quien le interesa, embargando a un autónomo con problemas de liquidez mientras consiente a una infanta robar, o utiliza sus potestades sancionadoras para fines ilegítimos, como recaudar dinero.
La crisis no puede ser una excusa para delegar la responsabilidad sobre nuestras vidas en el Estado porque, ni los políticos son los únicos responsable de la crisis, aunque hayan tenido un papel decisivo con sus errores (me tiemblan las carnes cuando pienso en Zp de infausto recuerdo) ni, lo más importante, son quienes nos van a sacar de ella. Ha sido el sector privado quien se ha ajustado el cinturón, quien exporta, quien está devolviendo sus deudas, quien está recuperando la marca España, mientras nuestros gobernantes, sean estatales, autonómicos o locales, se muestran incapaces de renunciar al tren de vida público. Somos los ciudadanos los que estamos creando riqueza, mientras pretenden colgarse las medallas esos políticos que nunca han creado un empleo, ni ostentado otro que el que sufragamos los contribuyentes.
Puede que sea tarde, pero confío en que se produzca una reacción y los españoles decidamos recuperar el control de nuestras vidas. Porque cuando seamos dueños de ellas recuperaremos, junto con la libertad, la fuerza moral para decirle al guardia, que pretende sancionar con 300 euros a un niño de 6 años, que corre de nuestra cuenta echarle la bronca. Y que él haga el favor de irse a la mierda.

domingo, 23 de junio de 2013

Un cuento real.



Había una vez un reino encantado donde vivía una Infantita que fue poseída por el Señor Oscuro. Este la llevó a su condado, donde decidieron hacerse un torreón muy caro. Para financiarlo, y puesto que las cosas andaban justas, se metieron en negocios, oscuros como ellos. El problema era que los recaudadores del reino no veían con buenos ojos el dinero oscuro y había que blanquearlo.
El Señor Oscuro llamó a sus edecanes que le aconsejaron acudir al libro de los conjuros blanqueadores, donde descubrieron uno muy eficaz. Había que mezclar los siguientes ingredientes: rabos de lagarto, sangre de murciélago, muérdago, documentos privados y nombres de súbditos.
La receta era sencilla: se escoge a una doncella virgen (si no hay una a mano vale con un abuelete de pueblo chico) que tenga una pequeña propiedad, y se finge que se le vende esa propiedad, que ya es suya, en un contrato privado. Para eso se utiliza la maña de falsear su firma. Se lleva el contrato a la recaudación de tributos del condado, donde nos cobrarán un 7% como transmisión, sin pararse a pensar que es una falsa venta. Y luego… “voilá!” ingresamos el dinero oscuro en un banco, justificando su posesión con la escritura privada de compraventa visada por la hacienda condal. La operación se repite hasta 13 veces con diferentes súbditos, que hay que repartir las cargas entre la población, no vaya a ser. Luego se coge el rabo de lagarto, la sangre de murciélago y el muérdago y se tiran al cubo de basura, que para guarrerías ya vale con las anteriores.
El Señor y la Señora Oscuros se pusieron manos a la obra tan contentos durante un par de años, hasta que descubrieron un conjuro más potente, el elixir de la falsa fundación benéfica, y cambiaron de pócima. Y, entre brujerías y hechizos, fue pasando el tiempo hasta que el Justicia del Reino les empapeló, porque sus empresas y fundaciones no eran como en los cuentos, que lo único que se fabrican son dulces y golosinas, sino que elaboraban una cosa que se llama influencias.
En plena investigación, el Justicia Real pidió las cuentas de la Infantita a la hacienda real, que había cruzado información con la hacienda condal (es el coñazo de los cuentos modernos, que tienen informática) y saltó la liebre de los conjuros. El pueblo se enfadó un poco porque estaba de brujerías hasta el gorro, y pidió cuentas, pues creía que vivía en un reino democrático y parlamentario, donde todos son iguales ante la ley. Pero entonces apareció el Gran Recaudador del Reino y dijo: “Qué os habéis creído? Ha sido un error y punto. Esto es un cuento, y en los cuentos los reinos son feudales y las cuentas son para los súbditos, que los de sangre azul lo que hacen es comer perdices”. Y a nosotros nos dieron con la puerta en las narices.
Y colorín colorado, este real cuento o cuento real se ha acabado.