sábado, 3 de enero de 2026

El bipartidismo, el régimen del 78… y la madre que los parió.

 


Leo estos días numerosos discursos preocupados por el auge del populismo y los extremismos, presentados como una amenaza directa al bipartidismo, a la Constitución y al llamado “régimen del 78”, elevados casi a la categoría de dogma.

Empecemos por el bipartidismo. Lo primero que puede decirse de él es que se parece mucho a un oligopolio. Y si el oligopolio económico se considera un sistema de competencia imperfecta que acaba perjudicando al consumidor, no está claro por qué el oligopolio político debería ser un modelo virtuoso en que dos partidos se alternan pacíficamente en el poder, compitiendo por ofrecer soluciones para el bienestar de los ciudadanos.

Nuestra experiencia no avala esa tesis. Así como el oligopolio económico tiende a maximizar el beneficio de las empresas, el oligopolio político se ha convertido en un sistema de maximización del beneficio del político, muchas veces al margen —cuando no en contra— de la ciudadanía. En España, este proceso se ha llevado al extremo, hasta rozar una cleptocracia, con dos partidos, PSOE y PP, dedicados durante cuatro décadas a saquear sistemáticamente los bolsillos de los españoles.

En cuanto a la Constitución y al régimen del 78, hoy presentados como el origen de todo lo bueno que tenemos, basta contrastar sus principios con la realidad. Separación de poderes, solidaridad interterritorial, una administración al servicio del ciudadano… El funcionamiento actual del sistema muestra hasta qué punto esos principios han sido vaciados de contenido.

Se ha impuesto un sistema partidista que se ha apropiado de las instituciones, repartiéndose el poder. Un sistema que intenta colonizar la justicia, que se ha apoderado de la administración —convertida en un aparato eficaz sólo para colocar a familiares y afines— y que ha devorado al cuarto poder, la prensa, hoy transformada en simple vocero del poder de turno.

No olvidemos Europa, raíz de nuestra civilización, hoy sustituida por una Unión Europea convertida en un engendro tecnocrático. Un espacio donde el bipartidismo, ya unido y sin tapujos, pretende gobernar nuestras vidas al margen de cualquier principio democrático. Un lugar donde una élite política, escasamente controlada y salpicada por la corrupción, decide qué debemos cultivar, qué comer, qué coche podemos usar y pretende incluso determinar qué podemos decir en las redes sociales o qué podemos hacer con nuestro dinero.

En suma, el bipartidismo corrupto que se ha adueñado de nuestra democracia es una de las principales causas de su degradación. Por eso, cualquier alternativa que lo cuestione merece, como mínimo, ser escuchada. Ni el PP ni el PSOE son valores en sí mismos que deban preservarse a toda costa. Y en cuanto al resto —Constitución, régimen del 78 o incluso la monarquía—, ninguno de estos elementos puede sobrevivir indefinidamente apoyado en un turnismo de partidos agotado, como ya se demostró en el primer tercio del siglo XX.

La regeneración democrática solo puede venir de nuevas fuerzas políticas, como las que están apareciendo por toda Europa. La única duda razonable es si el sistema que heredamos de nuestros padres sigue siendo válido, aunque necesitado de una profunda catarsis, que no va a venir de quienes originaron su crisis, o si la realidad actual ya lo ha superado y debe ser sustituido por un nuevo modelo capaz de responder a los retos del futuro.

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