Leo estos días numerosos
discursos preocupados por el auge del populismo y los extremismos, presentados
como una amenaza directa al bipartidismo, a la Constitución y al llamado
“régimen del 78”, elevados casi a la categoría de dogma.
Empecemos por el bipartidismo. Lo
primero que puede decirse de él es que se parece mucho a un oligopolio. Y si el
oligopolio económico se considera un sistema de competencia imperfecta que
acaba perjudicando al consumidor, no está claro por qué el oligopolio político
debería ser un modelo virtuoso en que dos partidos se alternan pacíficamente en
el poder, compitiendo por ofrecer soluciones para el bienestar de los
ciudadanos.
Nuestra experiencia no avala esa
tesis. Así como el oligopolio económico tiende a maximizar el beneficio de las
empresas, el oligopolio político se ha convertido en un sistema de maximización
del beneficio del político, muchas veces al margen —cuando no en contra— de la
ciudadanía. En España, este proceso se ha llevado al extremo, hasta rozar una
cleptocracia, con dos partidos, PSOE y PP, dedicados durante cuatro décadas a
saquear sistemáticamente los bolsillos de los españoles.
En cuanto a la Constitución y al
régimen del 78, hoy presentados como el origen de todo lo bueno que tenemos,
basta contrastar sus principios con la realidad. Separación de poderes,
solidaridad interterritorial, una administración al servicio del ciudadano… El
funcionamiento actual del sistema muestra hasta qué punto esos principios han
sido vaciados de contenido.
Se ha impuesto un sistema
partidista que se ha apropiado de las instituciones, repartiéndose el poder. Un
sistema que intenta colonizar la justicia, que se ha apoderado de la
administración —convertida en un aparato eficaz sólo para colocar a familiares
y afines— y que ha devorado al cuarto poder, la prensa, hoy transformada en
simple vocero del poder de turno.
No olvidemos Europa, raíz de
nuestra civilización, hoy sustituida por una Unión Europea convertida en un
engendro tecnocrático. Un espacio donde el bipartidismo, ya unido y sin
tapujos, pretende gobernar nuestras vidas al margen de cualquier principio democrático.
Un lugar donde una élite política, escasamente controlada y salpicada por la
corrupción, decide qué debemos cultivar, qué comer, qué coche podemos usar y
pretende incluso determinar qué podemos decir en las redes sociales o qué
podemos hacer con nuestro dinero.
En suma, el bipartidismo corrupto
que se ha adueñado de nuestra democracia es una de las principales causas de su
degradación. Por eso, cualquier alternativa que lo cuestione merece, como
mínimo, ser escuchada. Ni el PP ni el PSOE son valores en sí mismos que deban
preservarse a toda costa. Y en cuanto al resto —Constitución, régimen del 78 o
incluso la monarquía—, ninguno de estos elementos puede sobrevivir
indefinidamente apoyado en un turnismo de partidos agotado, como ya se demostró
en el primer tercio del siglo XX.
La regeneración democrática solo
puede venir de nuevas fuerzas políticas, como las que están apareciendo por
toda Europa. La única duda razonable es si el sistema que heredamos de nuestros
padres sigue siendo válido, aunque necesitado de una profunda catarsis, que no va a venir de quienes originaron su crisis, o si la
realidad actual ya lo ha superado y debe ser sustituido por un nuevo modelo
capaz de responder a los retos del futuro.
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