Los acontecimientos de los últimos días han puesto sobre la mesa la profunda crisis en la que se encuentra España bajo una falsa apariencia de normalidad. Existían signos claros del deterioro de la sanidad, la educación, la administración de justicia, el sistema energético o la seguridad, con situaciones propias de Estados fallidos, como la impunidad con la que redes de narcotraficantes operan en el Estrecho.
Pero la tragedia de Adamuz ha
revelado que, en realidad, nada funcionaba como debía. En apenas una semana
hemos pasado de presumir de una de las mejores redes de alta velocidad del
mundo a reconocer que en España no existe alta velocidad en condiciones operativas
normales.
Nada es casual. Todos estos
síntomas son manifestaciones de una enfermedad más profunda: la crisis del
llamado régimen del 78. Lo que nació como un modelo de transición democrática
ha degenerado en un sistema de bipartidismo corrupto, una cleptocracia en la que una casta
política sin escrúpulos ha expoliado durante décadas los recursos del país,
hasta el extremo de destinar fondos de infraestructuras ferroviarias al pago de
prostitutas o a la adjudicación de contratas irregulares a empresas vinculadas
con personajes como Koldo.
Los españoles hemos tolerado esta
degradación institucional durante demasiado tiempo, quizá por una tradición
cultural de indulgencia hacia la picaresca, presente en nuestra literatura
desde antes de El Lazarillo de Tormes. Lo que no nos dijeron es que los ciegos
acabarían ocupando carteras ministeriales. Hoy ha quedado claro que la
picaresca no tiene ninguna gracia, porque la corrupción mata.
Y, de repente, hasta el poder
ha caído en la cuenta de que no se puede engañar a todos todo el
tiempo. Empieza a temer el despertar de una ciudadanía dispuesta a exigir
responsabilidades reales, responsabilidades que en muchos casos solo pueden
acabar en la prisión. Pero la reacción no ha sido de arrepentimiento ni de
propósito de enmienda, sino de defensa cerrada de su estatus. Desde las alturas
se advierte ahora contra los “populismos” y contra la idea de que “solo el
pueblo salva al pueblo”. Mientras tanto, ese mismo pueblo solo percibe
incompetencia, corrupción y descomposición institucional.
Se ha definido la crisis como el
momento en que lo viejo deja de ser válido y lo nuevo aún no ha nacido. Visto
así, parece evidente que España atraviesa una crisis del sistema del 78 con
todas las letras: la crisis de un bipartidismo corrupto que no solo ha
deteriorado los servicios públicos, sino que ha corroído las instituciones
vertebrales del régimen constitucional.
Dos partidos se han repartido sin
pudor el Tribunal Constitucional, el Tribunal de Cuentas, el Consejo General
del Poder Judicial, el Consejo de RTVE, la Junta Electoral Central y buena
parte de los medios de comunicación, convirtiendo el Parlamento en un decorado
sin control efectivo del Gobierno. El resultado es un sistema agotado, incapaz
de dar respuestas y cada vez más alejado de la ciudadanía. Ni siquiera la
Corona ha escapado al deterioro institucional, como demuestra el inédito
rechazo de los familiares de las víctimas del accidente al Monarca y al
Ejecutivo.
La pregunta ya no es si el
sistema está en crisis, sino cuánto tiempo podrá sostenerse antes de que la
apariencia de normalidad se derrumbe y qué modelo vendrá después. Las
tendencias en Europa son claras: el agotamiento de la ideología woke y el auge
de corrientes que reivindican soberanía, racionalidad económica, control de
fronteras, defensa de la familia y valores tradicionales... la vuelta al sentido común. Precisamente las que el régimen en crisis intenta
desacreditar bajo la etiqueta de “populistas”.
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