miércoles, 8 de abril de 2026

Las vendas azules, o cuando la corrupción deja de tener color político.

 


El espectáculo judicial que se está desarrollando ante nuestros ojos está provocando un auténtico terremoto político, especialmente en el votante de derechas. Ese votante siempre sostuvo que el elector socialista era inmune a la corrupción de su partido e incapaz de castigarla en las urnas, pero rara vez se aplicaba a sí mismo ese criterio.

Así, evidencias que llevaban años delante de sus ojos eran ignoradas. Los casos de corrupción de los gobiernos de José María Aznar y Mariano Rajoy no impidieron que ambos siguieran siendo referentes del Partido Popular, aplaudidos en mítines y utilizados como activos electorales. ¿Corrupción en el PP? Para muchos, siempre era discutible, exagerada o cosa del pasado.

Ahora los tribunales han colocado los hechos sobre la mesa con toda crudeza: la corrupción es corrupción, y tan responsable es quien se sienta en el banquillo con las siglas socialistas como quien lo hace con las populares. Además, no hablamos de episodios aislados, sino de un patrón que revela una amarga realidad: la democracia española lleva décadas secuestrada por una casta política que se ha alternado en el poder para utilizarlo en su propio beneficio.

El PSOE, pionero con el caso FILESA, acumula escándalos recientes de enorme impacto: los casos de Begoña, Ábalos-Koldo o Delcy-Plus Ultra, entre otros muchos, que alimentan la percepción de un partido estructuralmente contaminado por la corrupción.

Lo que empieza a cambiar ahora es que el votante de derechas descubre que el Partido Popular no le va a la zaga. Y las comparaciones son incómodas. ¿Qué es más grave, otorgar una cátedra a tu mujer, a pesar de su carencia de titulación académica oficial, como Sánchez, o mandar a unos matones a recuperar la contabilidad B del partido, como en el caso Kitchen? ¿Colocar a prostitutas en empresas públicas como Ábalos o diseñar beneficios fiscales a medida a cambio de mordidas, como se investiga en el entorno del exministro Cristóbal Montoro? ¿Cobrar comisiones por contratos sanitarios durante la pandemia desde el poder central, bajo la batuta de Salvador Illa, o hacerlo desde administraciones autonómicas y locales gobernadas por el PP? La conclusión es evidente: la corrupción ha sido cosa de todos y no tiene distinto rango moral según la ideología de quien la protagoniza.

Este vodevil judicial ha colocado ante el electorado conservador una realidad incómoda. José María Aznar y Mariano Rajoy ya no aparecen como referentes incuestionables, sino como símbolos de una etapa marcada por tramas, financiación irregular, condenas judiciales y operaciones policiales para ocultar pruebas. La caída de las vendas azules de los ojos está siendo dolorosa.

Ha habido reacciones propias de la fase de negación, etapa inicial del duelo, como tratar de defender que el PP actual no tiene nada que ver con el anterior. Pero, no nos engañemos, esa línea de ruptura no existe. Los actuales dirigentes fueron políticamente criados y ascendieron bajo aquellos liderazgos y, además, siguen apareciendo nuevos casos de corrupción vinculados al partido. La continuidad política es evidente.

Más significativo aún es que la dirección actual del Partido Popular no ha impulsado una ruptura real. No ha habido una depuración contundente, ni una desvinculación clara de dirigentes cuestionados. Aznar y Rajoy siguen interviniendo en la vida pública del partido y marcando su discurso. Pretender regeneración sin cortar con el pasado no es de recibo.

El calendario judicial continuará y su impacto electoral será inevitable. La cuestión es si el votante de derechas reaccionará de forma distinta a como siempre ha acusado al votante de izquierdas, manteniendo el apoyo a los suyos pase lo que pase, o si castigará la corrupción con independencia de las siglas.

Porque, en realidad, el problema nunca ha sido solo de los partidos. También lo es del votante. Si la corrupción del PSOE se castiga pero la del PP se justifica, o viceversa, la impunidad de los delincuentes está garantizada.

Las vendas azules están cayendo. Falta saber si, una vez caídas, se está dispuesto a mirar de frente y actuar en consecuencia.